Muriendo por la dulce patria mía

ROBERTO CASTILLO
NOVELA
1ª EDICIÓN LAUREL: NOVIEMBRE DE 2017

En la génesis de esta invención literaria que es Muriendo por la dulce patria mía está una de las especialidades de los chilenos, campeones morales de todo lo habido y por haber: una «bellísima derrota disfrazada de victoria», la del boxeador iquiqueño Arturo Godoy, que en los años cuarenta se enfrentó dos veces en Nueva York con el campeón mundial de los pesos pesados, Joe Louis, el Bombardero de Detroit. Mito e historia, humor y nostalgia, naturalidad y artificio, todo se mezcla en el relato portentoso y conmovedor de Roberto Castillo Sandoval, uno de los más dotados narradores secretos de la literatura chilena.

La primera edición de esta novela (que hoy se reedita con cambios sustanciales) se publicó en 1998 y provocó revuelo en Chile por la reacción de la prensa deportiva a las declaraciones de la familia de Arturo Godoy. Todas las peripecias que vivió en esa ocasión Roberto Castillo están relatadas en esta edición de Laurel en un epílogo lleno de detalles y reflexiones sobre uno de los malentendidos más curiosos de la época.

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Fragmentos

«Distingo entre el ruido de la multitud un grito que poco a poco se hace más nítido: «¡Agáchate, Godoy! ¡Agáchate, hombre!». Un escalofrío me baja por la espalda…»

«Los boxeadores fueron los primeros verdaderos ídolos deportivos del país. El boxeo convocaba más gente que el fútbol, que en cierto modo todavía era deporte de extranjeros, de pijes o de anarquistas. Los nombres que hasta hace poco eran leyenda (hoy están olvidados, como casi todo lo demás) comenzaron a hacerse famosos en los años 20 y 30. Los apodos cuentan la historia, a la manera de los epítetos de la épica antigua: Luis Vicentini, Escultor de Mentones; Simón Guerra, el Eléctrico, o Ciclón del Matadero; Antonio Fernández, el Eximio, Raúl Carabantes, Peloduro, que peleaba a pata pelada; el Gorila Salazar, que un día después de quedar con el cerebro hecho pasta simplemente se olvidó de su nombre de pila.»

«Los combos le llegan a uno, uno está solo arriba, aguantando, y hasta ganando, mientras que ellos ponen la plata no más y después cuentan las ganancias. Yo siempre voy a ir por el boxeador, porque sé lo que es tener que subirse al ring a dar la cara aunque uno tenga las bolas encogidas hasta la garganta.»

«Claro que soy bien chileno, le decía yo, chilenazo soy. Y ella me quedaba mirando y me decía que no, que abriera los ojos, que no había nadie como yo en Chile; me decía, si son todos petisos, tristones, andan todos con su bigotito igual y su gabancito marrón, qué vas a ser el típico chileno vos, me decía, si fueras el típico chileno otro gasho le cantaría a tu país.»

«El viejo inmenso se asomó por un segundo de su bruma, nos dedicó una media sonrisa y siguió su camino, cimbrándose de lado a lado como un transatlántico, ajeno al revuelo que causaba. De espaldas, se me figuraba como una visión salida de una leyenda: un Odiseo añoso y cansado, pero todavía capaz de despertar admiración por su estatura fuera de lo común, la anchura de sus hombros, la fortaleza de sus piernas y el tamaño extraordinario de sus manos. Dejaba estelas de comentarios a su paso, algunos en voz alta, otros tácitos como en las burbujas de los cómics, algunos verdaderos y otros muy falsos.»

«El ring parece inundado de luz. Godoy sube sin bata, vistiendo su famoso suéter blanco y pantalones oscuros con una letra G bordada. Se pone de espaldas al centro con las manos apoyadas en las cuerdas, mientras sus séconds le hablan y le revisan el vendaje. Veo a Whitey Bimpstein, al coach Smith, al gordo Weill, al utilero Galvarino, todos están ahí con sus toallas blancas al cuello.»

«Esa ficción miente: la frase me retumbaba en la cabeza mientras me preparaba para la presentación. Cuando llegó la hora, la prensa estaba preparada. Un titular en un diario de la tarde anunciaba el evento: «Escritores y boxeadores se ven las caras». Me extrañó ver cámaras de televisión a un costado cerca del escenario mientras el salón de actos se iba llenando de gente. Testeaban los focos luminosos e instalaban los micrófonos en la mesa. Se palpaba la tensión en el ambiente. Raúl Zurita, mi presentador, habló del humor de la novela, de lo entrañables que le habían resultado algunos personajes, del lenguaje chileno rescatado y hecho literatura, de cuerpos trabados y hermanados en el dolor. Vi que Orellana de vez en cuando miraba al fondo del salón cada vez que se abrían las puertas. Cuando me tocó el turno de hablar, se sintió una conmoción y unos golpes.»

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